DOS MESES

Durante dos meses creí llevar una criatura en mis entrañas. Nunca sabré si existió. Sólo sé que mi proverbial regularidad se truncó cuando él me fecundó, consciente y hermosamente. Dos meses. Me tocaba el vientre, primero yo. Luego, con el paso de los días, él también lo tocaba. Se consolidaba la esperanza de que algo estuviera creciendo dentro de mí.

Me dejé disfrutar de aquella maravillosa incertidumbre. Decidí, por una vez en la vida, olvidar todo, y hundirme en la cálida matriz amorosa de mi propio cuerpo, pensando qué estaría sucediendo allí dentro de la cueva primordial.

Finalmente, pensé que existía. Empecé a sentir que un ser nuevo era creado. Un día le hablé.

Pero vino la fiebre. El sopor de la leve inconsciencia. Le llamé. Dije su nombre. Le llamé en el inicio del delirio, cuando me dejé llevar por la idea de que tal vez nada importaba ya. Demasiada fiebre: le llamé. El recuerdo de tu ser me hizo abandonarme: qué importaba ya nada…

La sangre. La sangre brotó de mis entrañas. Mi niño…

Y al cabo de unos días, la esperanza se deshizo en girones de sangre coagulada. Lo lloré, sin realmente tan siquiera saber si existía. Pero me hizo sentir tanto, mi pequeño niño muerto.

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Acerca de anntares

Tierra antigua pero vital, el Pirineo encierra tesoros vivos. Descubrámoslos.
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